sábado, 2 de abril de 2016

Silencio.

Silencio. Nadie en casa, y, como siempre, nada dentro de mi.

Siempre he amado la soledad, pero he de reconocer que es cuando más pesa el vacío del pecho y el nudo del estómago. Pesan mis huesos y mis párpados. Pesan las lágrimas de mis ojos y sobre todo las de mi corazón. Y sobre todo pesa la ausencia de todo. Pesa la evidencia del abandono y pesa el grito que esconde mi garganta,

Tengo tanto por hacer... Y sin embargo aquí estoy. Sin poder moverme por ese maldito peso. Qué ironía, el peso del vacío.

Es inevitable pensar en las formas de rellenarlo. Quizá imitando al querido Bukowski: unos cuantos chupitos de tequila, un porro, unos labios.  Supongo que todo lo que rompe el vacío tiene que ver con eliminar el pintalabios. Lo siento Charles. No me gusta ese remedio porque sólo hace que lo olvide, pero sigue ahí. Como una sombra, como un francotirador silencioso que observa detenidamente esperando...

Un poco de silencio para
disparar.

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